Crónicas de San Antón
Granada

San Antón tiene mucha historia. Hoy hemos decidido compartirla contigo. Las crónicas que te presentamos, son sacadas del Cuaderno IV de Madre Trinidad. Es imposible comprender su vida y obra sin conocer el entorno, aquellas circunstancias que imprimieron improntas indelebles en su vida consagrada y luego como fundadora. La historia suele ser una buena pista para indagar de dónde sacó Madre Trinidad ese empuje y resuelta determinación de hacer siempre la voluntad de Dios. El blog se divide en dos partes.

La primera, habla de la fundadora del monasterio de San Antón y todo lo que tuvo que hacer hasta alcanzar la fundación en el siglo XVI. Madre Trinidad no hace, sino transcribir el texto del Primer tomo de las Fundaciones de las Capuchinas de Granada, Cap. II. La segunda, es una narración en tercera persona de sus primeros años en el monasterio de San Antón, parca en detalles, nos deja entrever las dificultades que tuvo que enfrentar. A pesar de ello, llegó a ser muy querida por su comunidad y hasta abadesa. Salío de este “rinconcito de cielo” como gustaba llamarle, a la primera fundación de Capuchinas Adoradoras en Chauchina.

Fundación de San Antón de Granada

En el año 1586, cerca de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, salió para la Curia Romana la ilustre señora Lucía de Ureña, natural de Granada, hija de don Diego Ureña, de la nobilísima familia de los condes de Ureña, que vinieron a Granada por haber ido con su hermano a la toma de Medina Sidonia y volviendo a la Corte, allí le dieron comisión las Cortes del puerto de Motril, quedando en Granada en donde nació nuestra ilustre fundadora Lucía de Ureña, como consta en el libro de las Fundaciones de las Capuchinas de Granada. Los trabajos, sufridos con heroico espíritu, de aquella mujer insigne, los relata su vida con edificación de cuantos la leen, pero nada admira más, que la constancia y fe en sus tres viajes a Roma para conseguir le concedieran la fundación de las capuchinas de Granada.

A pie descalza llego a Roma, fuerte y robusta, a últimos de mayo del año siguiente de 1587, alcanzó a besar el pie al Soberano Pontífice Sixto V, sólo por la fe grande que tenía en la divina Providencia que la guiaba, sin otra recomendación ni conocimiento que le pudiera valer. No sin gran asombro de cuantos la vieron conseguir particular audiencia de Su Santidad, besóle el pie, y con aquel aliento y elocuencia que da en semejantes ocasiones el espíritu de Dios, dijo:

“Santísimo Padre: Sola a pie descalza me ha conducido la providencia del Señor desde España a esta Corte Santa. El fin no es otro, que a pedir a Vuestra Santidad su bendición y licencia para hacer en la ciudad de Granada, mi Patria, una fundación y convento de descalzas capuchinas, que viviendo no solo en pobreza total, sino con toda la rigidez de la Regla primitiva de santa Clara, sean y se apelliden entre sus menores hijas las mínimas; para que consagrándose en el desierto de aquella penitente y solitaria vida, víctimas puras de la caridad, vivan cumpliendo la ley del Señor, en verdad y en espíritu, con el más fervoroso y perfecto amor de Su Majestad, y de los prójimos.

Ha diez y ocho años que se dignó su infinita misericordia inspirarme su voluntad, y los mismos me han tenido en la prueba del riguroso Instituto, sin otro testimonio de esta verdad, que el que inspirase el cielo a Vuestra Beatitud, me envían para que postrada humildemente a sus pies, solicite de su benignidad el Breve para la fundación de un convento bajo la invocación de los dulcísimos nombres de Jesús y María y con la especialísima gracia que espero de Vuestra Santidad, de que con dote o sin él, se puedan admitir las que tocadas del Señor quisieren abrazar el Instituto».

Esta breve propuesta hecha al Sumo Pontífice Sixto V por una mujer extranjera, a quien nadie conocía, y cuya súplica no autorizaba con carta de prelado, ni de ningún otro personaje, parece no era digna del mayor aprecio y aceptación, en espíritu de tanta entereza como el de un Sixto V. Pero el Señor que tiene en sus manos los corazones de los príncipes, y que ha ofrecido la indefectible asistencia de su luz a su Vicario en la tierra, dispensó a Su Santidad tan seguridad interior del hecho, que no sólo la oyó grato, sino con aquella pía afección, con que se hace Dios respetar en el corazón de los justos. (Primer tomo de las Fundaciones de las Capuchinas de Granada, Cap. II, p.19).

Sobre su propia experiencia y primeros años de vida capuchina

Después de conocido el espíritu y santidad de esta insigne fundadora venerable Lucía de Ureña, no es de extrañar que junto a sus cenizas venerables, naciesen espíritus que sintiesen sus inspiraciones y alientos, y así al conmemorar el centenario de la fundación de la Seráfica Madre, próximo a celebrarse también el tercer centenario de la de Lucía de Ureña, quisieran negociar con nuestro Señor que de sus claustros saliesen sus hijas a otro desierto también de penitencia, con el sublime fin de adorar perpetuamente a Jesús Sacramentado en una ermita donde la Santísima Virgen parece quiso le acompañasen en sus dolores desagraviando a su divino Hijo.

En el año 1893 entró una joven en nuestro convento de Granada, el 28 de julio, con una vocación probada y manifiesta, que se podría decir que Dios nuestro Señor la llevaba, como obligada con amenazas y misericordias, a la vida capuchina. Las religiosas que veían en la joven un carácter serio, superior a su edad, les desagradó mucho, creyendo venía más a corregir que a ser enseñada, y al cumplir los quince años ella solicitó de la madre Abadesa, madre Bruna de la Soledad (religiosa de gran espíritu), le diese el hábito para lega, por la gran devoción que sentía a la venerable sor Ursula de San Diego, a quien deseaba imitar en su espíritu y vida admirable, porque sentía grandes deseos de ser muy santa y su constante oración: «Señor, dignaos concederme un amor a vos tal, que me obligue a vivir abrazada a tu cruz en continuo padecer por hacer siempre y en todo vuestra voluntad adorable, si así no he de vivir, no quiero ser capuchina. Si no he de ser santa capuchina, hacer que vuelva al mundo, y no me dejéis en el claustro tibia y relajada».

A esta oración constante, acompañada de algunos sacrificios, el Señor la concedió su cruz y su amor, permitiendo que la comunidad le negara el hábito, que las religiosas prefirieran a otra joven, que aún no había entrado para ocupar su número (pues entonces no querían admitir más de 33 religiosas, y estaba completo el número).

La postulante llevaba un año de duras pruebas … La negaban todo trato y consuelo, diciéndole no sería capuchina. El confesor, que veía en aquella alma tan firme vocación, la aconsejó marchara al convento de la Presentación, que el Fundador (Sr. Obispo de Guadix) la recibía con gusto y todo se le facilitaría. Al mismo tiempo le ofrecían recibirla las capuchinas de Toledo, en donde una tía suya habló convencida que nuestras capuchinas no la querían y no le darían el hábito nunca.

En esta prueba pasaron tres años sin darle esperanza de hábito, la hacían limpiar el convento, servir las oficinas y en un trabajo superior a sus fuerzas. Viendo ya que no había más remedio que salir, consultó con el R. P. Ambrosio de Valencina, provincial de padres capuchinos, que se hallaba en Granada, y con quien nuestra postulante había consultado su vocación y sus deseos, y a quien la comunidad había manifestado la gran resistencia que sentían hacia ella, y el deseo de encontrar una causa para expulsarla, porque no querían en manera alguna fuese allí capuchina.

El P. Ambrosio tomó por sí la causa y oyó a la postulanta, que ya conocía por la cuenta de conciencia que en varias ocasiones (en ejercicios y retiros que daba a la comunidad) le había dado, y le dijo: «Hijita mía, Dios quiere hagamos oración especial para alcanzar nos dé a conocer su voluntad sobre tu vocación. He venido diciéndote siempre, perseveres fiel aquí, a pesar de las luchas del demonio, porque entendía ser ésta su voluntad santísima, pero he aquí, hijita mía, que la madre Abadesa me habla y ruega te diga pidas tú irte, porque las monjas no te quieren, y como no quieren aumentar el número y tienen a la vista una señorita, que les agrada mucho, están esperando te marches tu para recibirla. ¡No me acabo de convencer… que sea esta guerra del demonio o voluntad de Dios que te marches!. .. Haz, tres días de riguroso retiro delante del sagrario y con la frente pegada al suelo dile a Jesús: Señor, ¿qué quieres de mí?.

Escucha atentamente. Y yo haré la misma oración, y después volveré y dime todo cuanto entiendas Jesús quiera de ti … En efecto, la joven manifestó a su Maestra el mandato del P. Ambrosio, y la dejó tres días en una tribuna junto al sagrario que pisa sobre el coro bajo, y tal como el Padre la mandó hizo su retiro, y sintió que Jesús le decía: «Serás capuchina, a pesar de la guerra que te haga el infierno, persevera y sé fiel que yo estaré siempre contigo». A los tres días la llamó el Padre y oído a la joven la dijo: «Hijita mía, en el memento de la santa Misa pedía por ti al Señor me diese a conocer su adorable voluntad, he sentido mucho consuelo porque el Señor te quiere capuchina de verdad y que hagas verdaderas capuchinas para su gloria. ¡Quietecita hija mía! Aunque te hagan chispas déjate estar, aquí te quiere el Señor capuchina».

Manifestada así la voluntad del Señor, se resolvieron preparar las cosas para el hábito, para hacer que la votación fuese negativa y la comunidad la echara fuera, porque el demonio enfurecido llevó al ánimo de las religiosas más venerables que aquella niña debía echarse, para lo cual le estorbaron el dote (que D. Valentín Agreda le daba, y le quitaron los medios humanos). Ella, llena de fe, acudió a los divinos, y encomendándose a las venerables Fundadoras les ofreció que si le facilitaban los medios, allanando todas las dificultades, les ofrecía dos cosas, hacer conocer y dar culto en cuanto pudiera a la devoción de las sagradas Llagas que el Señor le pidió a la venerable sor Ursula de San Diego, y trabajar cuanto pudiera en hacer que se renovara el espíritu de la fundadora Lucía de Ureña, de abnegación y retiro, y que volviese a ser un verdadero desierto de penitencia, según el espíritu de Lucía de Ureña.

En marzo del año 1896 se presentó el dote y medios para la imposición del santo hábito que nuevamente quisieron estorbar pretendiendo que el dote de la señora marquesa de Blanco Hermoso, que dejó en su testamento, se le diese a una monja profesa, pero los padres jesuitas, que fueron los testamentarios, dijeron fuese para una joven con verdadera vocación que quisiese ser capuchina y no había más que esta (dentro).

Después de unos meses de lucha la pusieron en votos, y cuando todos creían se iba, salió por unanimidad admitida, faltándole de las 28 monjas de coro sólo dos, que la misma Abadesa y Secretaria confesaron después fueron ellas por el interés que el dote fuese para otra señorita.

Tomó el santo hábito y profesó a su debido tiempo, habiendo estado cuatro años y medio suspirando por los votos, diciéndole el V. P. Ambrosio: «hoy eres la esposa de Cristo en la cruz, esposa crucificada … , no te separes de la cruz, que ella te dará dulzuras inexplicables que gustar, si perseveras y eres fiel».

A los diez años de profesión, a pesar de la decidida voluntad de todas en que continuara la Madre, fue electa Abadesa, quedando todas admiradas, que en una comunidad de tantas religiosas, sólo dos religiosas había menores, las demás mayores todas.

El V. P. Ambrosio le dijo: «Hijita, sé fiel al Señor y trabaja como una santa en dar al Señor lo que te pide … , no sea que el Señor te castigue como al siervo perezoso que enterró el talento … El Señor ha querido vea antes de morir lo que Él se dignó revelarme; acuérdate que El te hizo capuchina, porque te quiere santa y que hagas capuchinas adoradoras».

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