
En los escritos más íntimos de nuestra Fundadora, descubrimos joyas que revelan no solo su pensamiento espiritual, sino su modo concreto de vivir y transmitir el carisma que recibió de Dios.
“Todas, como perlas encerradas en la concha preciosa del Corazón de María, seremos llevadas a Jesús. En el silencio, en lo escondido, en lo que nadie ve… allí debe estar nuestra vida.” (M.Trinidad)
Una de esas imágenes —tan sencilla como poderosa— es la de la perla oculta en la concha. Así entendía ella a cada una de sus hijas, llamadas a vivir en el Corazón Inmaculado de María: protegidas, moldeadas, escondidas… hasta brillar solo para Dios.
Madre Trinidad no imaginaba una Congregación expuesta, ruidosa o protagonista. Su ideal era el del ocultamiento fecundo, el del servicio silencioso y constante, el de la adoración humilde que no busca ser vista, pero que sostiene el mundo desde el Sagrario.
La concha preciosa: el Corazón de la Madre
En María encontraba el lugar donde cada Esclava podía refugiarse. No como escapismo, sino como consagración plena. En su Corazón aprendemos a mirar como Ella, a callar como Ella, a vivir entregadas como Ella.
Porque —como nos enseñó nuestra Madre— la Virgen no solo fue adoradora, sino también formadora de adoradoras, y su Corazón es ese taller secreto donde el Espíritu Santo pule, suaviza y embellece el alma de quien se deja amar.
Una vida para ser ofrecida:
La perla no nace pulida. Es el fruto de una herida y de la constancia. Así también el alma adoradora: nace del dolor transformado en gracia, del amor escondido en lo pequeño, de la fidelidad silenciosa.
Esta visión de Madre Trinidad no es poesía piadosa: es un itinerario espiritual. Vivir como perlas en María es confiar plenamente, dejarse purificar, y permitir que nuestra vida sea presentada por Ella ante el Señor.