
El misterio de la Anunciación ha iluminado, a lo largo de los siglos, la vida de innumerables almas consagradas. En la Sierva de Dios Madre Trinidad, este acontecimiento evangélico encontró una resonancia profunda, arraigada en su amor a la Virgen y en su vocación de entrega sin reservas, a la voluntad de Dios.
“Entonces María dijo: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.’”
(Lc 1,38)
El sí de María marcó el inicio de la Redención. Fue pronunciado en silencio, en lo oculto de Nazaret, y sin embargo cambió el destino de la humanidad. En ese mismo silencio fecundo, Madre Trinidad aprendió también a decir «sí», a ejemplo de la Virgen, en cada paso de su camino fundacional y en las pruebas cotidianas que fueron moldeando su alma como hostia viva.
La obediencia de María se convirtió para ella en escuela de amor, y su vida, una humilde repetición del fiat de la Virgen.
“María me enseña a callar y a entregarme. Si Ella no preguntó nada más que ‘cómo’, ¿cómo voy yo a resistirme?”
— Madre Trinidad.
El fiat mariano se transformó en inspiración concreta para su consagración, su servicio, su pobreza elegida, y para la adoración silenciosa que brota de una fe pura y eucarística. Así como el Verbo se encarnó en el seno de la Virgen, el Espíritu Santo fue engendrando en Madre Trinidad un amor tan transparente que parecía dejar pasar la luz divina sin obstáculos.
“¡Qué grande es decir que sí a Dios sin entender! María lo hizo… y lo hizo todo.”
— Madre Trinidad.
Y así, contemplando a la Virgen en el momento de la Anunciación, comprendemos también algo del corazón oculto de nuestra Fundadora: un alma abierta, habitada por el Espíritu, disponible, fecunda en la obediencia. Como María, Madre Trinidad fue «esclava del Señor»… y por eso, toda su vida fue un Magníficat.