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En el camino espiritual de Madre Trinidad, la figura de santa Clara de Asís no fue solo una inspiración, sino una presencia viva, cercana, maternal.

En uno de sus escritos más íntimos, Madre Trinidad dejó constancia de una experiencia mística profundamente significativa: una visión en la que contempló a santa Clara con un copón sobre el pecho. La santa, se dirigió a ella con palabras que marcaron para siempre su corazón y su misión:

“Si volviese a la vida, haría lo que tú, unida a la santa Iglesia Católica Romana, me consagraría a llevar almas a Jesús en esa forma como siervas y esclavas de Jesucristo adorándole en el Santísimo Sacramento…”

Estas palabras no fueron solo consuelo, sino confirmación. En medio de luchas interiores, incomprensiones externas y la incertidumbre propia de todo inicio fundacional, esta visión consoladora fue para Madre Trinidad un signo claro de que su camino —aunque nuevo, humilde y oculto— era querido por Dios y bendecido por los santos.

La santa de Asís, que tantos siglos antes había defendido la pobreza y la adoración desde su convento en San Damián, reconocía ahora en la obra naciente de las Esclavas de la Eucaristía una continuidad de su propio deseo: vivir para Cristo, en amor y adoración, en obediencia filial a la Iglesia, y en entrega total por las almas.

En esa visión, el copón sobre el pecho de Santa Clara se convierte en símbolo de la centralidad del Señor Eucarístico. Para Madre Trinidad, no podía haber mayor certeza: su Instituto era obra de Dios, reflejo de una espiritualidad antigua y siempre nueva, actualizada en el corazón de la Iglesia por caminos de reparación y amor silencioso.

Y así lo vivió. No como un privilegio, sino como una responsabilidad: adorar, amar, reparar, servir… y enseñar a otros a hacer lo mismo.

Causa Madre Trinidad Carreras

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